Padres, superhéroes anónimos

Hasta hoy nunca había pensado por qué los hijos nos hacen sentir tan felices. Pero esta mañana, al levantarme, me ha venido a la cabeza cómo un destello de luz esta idea: los hijos no sólo nos convierten en superhéroes anónimos insustituibles, capaces de hacer cualquier cosa por ellos, sino que nos permiten conocernos mejor a nosotros mismos y a los que nos rodean.

En nuestro esfuerzo por comprenderles y perdonar sus errores, muchas veces estamos detrás nosotros mismos, como si fuera un cristal o un espejo. El efecto de la genética, imposible de borrar, nos devuelve nuestra propia imagen, nos ayuda a comprendernos y a perdonar nuestros propios errores y, por supuesto, a mejorar. Al ayudarles a ellos e intentar convertirnos en su ejemplo, nos ayudamos a nosotros y crecemos como personas. Ver cómo una criatura puede quererte y admirarte tanto, te hace  quererte, valorarte más y esforzarte cada día por ofrecerle esa imagen que se merece. Suena egoísta, lo sé, pero es que el amor propio, imprescindible para una sana autoestima, es así, un poco egoísta.

Lo primero que he aprendí de mí misma cuando nació mi hijo es que mi paciencia, que pensaba era escasa, no tiene límites, se estira y se estira hasta el infinito… ¡Es fantástico! Al principio, estaba preocupada porque no sentía ningún instinto materno, pero cuando llegó, todo cambió. Me convertí en otra persona, capaz de ver y entender el mundo de otra manera, apreciar las pequeñas cosas y desdeñar el devenir de los acontecimientos que nada importan.  Todos los padres lo decimos, tener hijos te ayuda a priorizar. Es cierto.

Pero además, cuando van creciendo, te das cuenta de que ellos son capaces de vivir el día a día con una intensidad que nosotros, los adultos, hemos perdido. No se dejan llevar por el pasado ni por el futuro.  Cuando algo llama su atención el tiempo se detiene y lo disfrutan como si no hubiera mañana.  Son capaces de decir en cualquier situación: ¡Mamá, un momento, que esto me interesa! Y si estamos atentos y olvidamos las prisas, nosotros también conseguimos disfrutar un poquito de esa intensidad, al menos durante un instante. ¡Es un “desaprendizaje” que para mí no tiene precio! Porque no solamente estamos aquí para solucionar problemas, también podemos disfrutar de la vida, sin más pretensiones, sin más preparativos, sin necesidad de tener vacaciones o preparar una fiesta. A veces se nos olvida que la vida es mucho más sencilla de lo que nosotros nos pensamos y los niños nos lo recuerdan. Sólo tenemos que estar atentos y escucharles.

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